Democracia

Debemos hablar y ocuparnos de ese terrible vocablo llamado Democracia, tabú de todos los tiempos, de todos los pueblos, y por supuesto, de todos los gobiernos.

La cultura y civilización occidental (aunque dice lo contrario) siempre ha abominado esta palabra de sublime sentido que, en el fondo, toda persona de consciencia sana (no aberrada) comprende y respeta sin necesidad de explicación alguna, y que ya muchas personas están dispuestas a luchar y dar la vida por su pronta y decidida implantación.

Sin duda alguna, muchas naciones y muchos gobiernos (que en la actualidad se llaman a sí mismos democráticos), temen que lo que esa palabra implica y significa llegue a constituir de verdad el canon de toda ley, de toda conducta y de todo comportamiento.

En los últimos siglos de nuestra era hubo auténticos atisbos y/o vestigios de un real intento de entrar en democracia. Algo muy especial tuvo que influir, y en efecto así lo hizo, para que ese nombre empezara y pudiera obtener el prestigio, valor y significado que en sí mismo encierra.

En realidad esos amagos democráticos incipientes que supusieron el relativo empuje y adelanto social en los siglos XVIII, XIX y XX, no pudieron nunca llegar a ser del todo reales; ya casi nadie recuerda, ni quiere tener en cuenta, el enorme esfuerzo y sacrificio que nuestros antepasados debieron realizar para abrir y encontrar una vía o camino, que si hubiese sido del todo bien enfocado, comprendido y efectuado habría supuesto, al menos, el acercamiento definitivo a la Democracia.

Refiriéndonos al 1º nudo gordiano y 1ª toma de Bastilla, obviamos hacer alusión al hecho real, (bien conocido), que ocurrió en París durante la Revolución francesa; lo hacemos así, no porque no tenga importancia, ya que sí lo tiene y mucha, pues fue el hito externo, quizá el más resolutivo, para que la revolución tuviera buen fin.

Nosotros queremos pensar que este hecho ha sido, desde los tiempos del gran Espartaco, una de las acciones que indudablemente han ayudado más a superar definitivamente el estado feudal y por tanto se le puede tener en cuenta como definitivamente, (pero relativamente) adecuado caminar hacia un estado verdaderamente democrático.

Necesario es decirlo todo, y necesario es que todo se sepa; porque es muy notorio, que casi todos los gobiernos están empeñados en proclamar insidiosamente que ya han llegado, o están en vías de llegar, a una especie de status ambiguo que insisten en llamar democracia.

Sin embargo, el pueblo ya empieza a darse cuenta que todo ello no es sino un subterfugio y un simulacro para que los pueblos (las personas humanas) no deseen ni busquen de verdad la auténtica democracia (engaño de los poderes fácticos y de la burguesía).

A tal efecto, todo su empeño es tratar de engañar a los pueblos, distorsionando la realidad de los hechos y las situaciones, para que la gente entre en ambivalencia y le sea confuso distinguir entre los valores de los hechos que ellos hacen, y los valores de una auténtica democracia.

Ya muchísima gente hoy en día, sobre todo entre la estirpe político-militar-intelectual-religiosa y burguesa, habla mucho de un posible advenimiento de la democracia; ello en sí, es casi exclusivamente la resultante del inmenso y cerval miedo (casi terror) que en esas personas produce el solo atisbo  de que un día pudiera llegar a ser real (a verificarse) no sólo el estado  democrático, sino incluso un status anímico y social de características auténticamente democráticas.

Es una aberración y una maldición (un oprobio y una vergüenza), contemplar la inmensa ceguera de las instituciones y de los gobiernos, cuando proclaman que sus normas se ajustan a la democracia.

Alguien debería preguntarse qué motivo hay para este endémico autoengaño, ya que es casi colectivo, porque afecta incluso (y desgraciadamente) a la mayoría de los partidos, sindicatos y movimientos que se dicen socialistas, comunistas o anarcas.

En general, hoy en día muchas personas normales piensan que las leyes que nos rigen tienen sentido democrático, porque parece que las autoridades han bajado un poquitín el rigor en la apreciación de las leyes y de las normas. Este es el quid del autoengaño.

 

Fuente: La Era de Acuario; Germán Martín

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